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...y lo que El Pibe se Olvidó

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“La política del decorado"

"Posicionamientos, desplazamientos, y legislando para la tribuna.”

por Pipo Fisherman                                                                                                                                                                                                                                        14-05-26


Los trascendidos, la interna y el movimiento de piezas.


Mientras la gestión municipal intenta sostener una imagen de orden, previsibilidad y armonía interna, en los pasillos del poder empiezan a escucharse otros ruidos. No son estruendos todavía. Son murmullos. Comentarios dichos en voz baja, miradas cruzadas, movimientos demasiado visibles para ser casuales y silencios oficiales que, lejos de apagar versiones, terminan alimentándolas.
En las últimas semanas, el tablero oficialista comenzó a mostrar señales de movimiento. Licencias breves convertidas en intensas campañas de exposición mediática, y, al mismo tiempo, casi como en paralelo, comenzaron a circular versiones sobre desplazamientos internos, caídas en desgracia y reacomodamientos dentro de sectores históricamente protegidos por el poder político local.


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La sucesión ya empezó

La breve licencia del intendente Lisandro Matzkin dejó algo más que una suplencia administrativa. Durante esos días, la intendenta interina Rosana Amondarain desplegó una intensa agenda pública, al menos en términos mediáticos: recorridas de obras, visitas institucionales, reuniones y actividades cuidadosamente registradas por la maquinaria de prensa municipal, siempre lista para no perder detalle. Fotos, videos, publicaciones instantáneas y la habitual replicación de los medios alineados completaron una secuencia tan prolija como llamativa.

No pareció tratarse únicamente de gestión. Más bien de posicionamiento.

Cuando un interinato de pocos días adquiere semejante volumen de exposición, cuesta no interpretar que algo más empieza a moverse debajo de las formalidades. Y quien pareció advertirlo rápidamente fue el Secretario de Desarrollo, Oscar Rossi, que prácticamente no se perdió actividad, recorrido ni fotografía, “pegándose” con precisión quirúrgica a cada escena donde pudiera aparecer junto a la intendenta interina y el resto de los protagonistas.

Lo que por ahora se presenta bajo el formato amable de sonrisas institucionales y compañerismo de gestión empieza a dejar entrever algo más interesante: una futura disputa interna dentro del oficialismo local, todavía silenciosa, aunque probablemente no por mucho tiempo. Mientras algunos comienzan a instalar nombres y acumular exposición, también empieza a sobrevolar la posibilidad de un actor libertario dispuesto a disputar ese mismo espacio desde afuera —o desde bastante más cerca de lo que parece.
Por ahora abundan las buenas formas, los recorridos compartidos y las imágenes cuidadosamente producidas.
Pero en política, las campañas más importantes suelen empezar mucho antes de que alguien admita que ya comenzaron.






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Los intocables también caen.

Hace algunos días comenzó a circular, primero en voz baja y luego con bastante menos discreción, una noticia que agitó ciertos pasillos del oficialismo local. No hubo comunicados, conferencias ni explicaciones públicas. Apenas murmullos, comentarios filosos y silencios demasiado evidentes. Lo suficiente para confirmar que algo había pasado.

La historia habla de la repentina remoción de quien, hasta hace poco, se desempeñaba como Administrador del Hospital Municipal.Y aunque el hermetismo oficial obliga a evitar nombres, el recorrido del protagonista del trascendido resulta bastante reconocible para cualquiera que haya seguido mínimamente la vida interna del municipio durante los últimos años.

Siempre cómodo en cargos de segunda línea —esos donde se administra poder sin demasiada exposición— supo ocupar durante años la Jefatura de Compras desde los tiempos fundacionales de Compromiso Pringles, sostenido políticamente por quien luego se convertiría en Jefe de Gabinete. Los vínculos entre ambos vienen de mucho antes, de épocas de militancia intensa y lealtades construidas al calor del viejo mensismo.

Ya por entonces circulaban comentarios sobre manejos poco prolijos dentro de esa oficina. Nada demasiado escandaloso como para romper la estructura, pero sí lo suficientemente persistente como para transformarse en rumor estable dentro del ecosistema municipal. Y como suele ocurrir en estos casos, la supervivencia política requiere rodearse de nombres confiables. Fue así como reapareció un antiguo empleado municipal, viejo ladero de aquellos tiempos y hoy reciclado como Concejal libertario. El mismo que, después de más de dos años de banca, parece haber descubierto que la actividad legislativa puede sostenerse casi exclusivamente con presencia y silencio, salvo por aquel solitario proyecto para arreglar una calle que quedó como único registro visible de productividad parlamentaria.

Tiempo después llegó el “enroque”. El entonces Jefe de Compras pasó al Hospital y el administrador saliente aterrizó en Compras. Un intercambio presentado como reorganización administrativa, aunque en política los movimientos raramente son inocentes. Mucho menos cuando detrás todavía sobrevuela la sombra protectora del poder real. Pero ahora algo cambió.

Después de años orbitando distintos espacios sensibles de la administración, el hasta hace poco Administrador del Hospital habría perdido el respaldo que lo sostuvo durante tanto tiempo. Y cuando eso ocurre, los cargos dejan de ser refugio para convertirse en intemperie.
Los relatos que circulan en ámbitos hospitalarios hablan de manejos poco claros, decisiones discutibles y beneficios que, casualmente, siempre parecían terminar demasiado cerca de quien administraba. Historias difíciles de comprobar, aunque demasiado repetidas como para ignorarlas completamente.

Mientras tanto, la transparencia tantas veces declamada por el oficialismo vuelve a mostrar una particularidad curiosa: funciona muy bien en los discursos, pero bastante peor en los lugares donde menos cámaras entran y donde más incómodo resulta mirar.

Porque detrás de las frases cuidadosamente construidas, de los slogans institucionales y de la estética prolija de gestión moderna, sigue existiendo un subsuelo político espeso, opaco y bastante poco explorado. Un territorio donde los controles se diluyen, las explicaciones nunca llegan del todo y donde buena parte de la dirigencia —oficialista, opositora o mediática— parece sentirse mucho más cómoda mirando hacia otro lado.






La política hablando sola.

Si algo dejó la última sesión del Concejo Deliberante fue una sensación difícil de disimular: gran parte de la dirigencia política parece discutir cada vez más lejos de la realidad cotidiana de quienes dice representar.

Entre proyectos improvisados, iniciativas copiadas con entusiasmo y debates que rozaron lo insólito, el recinto volvió a convertirse en una especie de escenario paralelo, donde muchas veces las urgencias reales quedan sepultadas bajo declaraciones ampulosas, gestos para la tribuna y construcciones políticas demasiado evidentes.


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El invierno según el oficialismo.

Si hacía falta una muestra más de la distancia que cierta dirigencia puede tomar respecto de la realidad cotidiana de muchos vecinos, la última sesión del Honorable Concejo Deliberante ofreció una bastante elocuente. Entre proyectos anodinos, discursos previsibles y algunas intervenciones destinadas más a producir contenido para redes que soluciones concretas, apareció una iniciativa oficialista que logró destacarse por méritos propios.

Se trata de la modificación de la Ordenanza del denominado “Banco de Leña”, un programa pensado —al menos en teoría— para asistir a familias que atraviesan dificultades económicas durante los meses más duros del invierno. Ahora bien: cualquiera podría imaginar que una reforma en ese sentido apuntaría a ampliar el alcance del beneficio, agilizar trámites o aumentar la cantidad entregada. Pero no.

La brillante innovación de los siempre sensibles concejales oficialistas consistió en eliminar la entrega domiciliaria y establecer que cada beneficiario deba acercarse personalmente al lugar de acopio para retirar la leña.

Sí, exactamente eso.

En una ciudad donde buena parte de quienes acceden a ese beneficio son adultos mayores, familias sin movilidad propia o personas atravesadas por situaciones económicas delicadas, la gran preocupación detectada por la ingeniería legislativa local parece haber sido facilitarle la logística al Estado… y complicársela un poco más a quienes necesitan la ayuda.

Porque evidentemente, si alguien no puede afrontar el costo de calefaccionarse durante el invierno, seguramente también dispone de vehículo, tiempo y recursos suficientes para trasladarse cómodamente a buscar varios kilos de leña.

La escena tiene algo casi pedagógico.

Explica mejor que cualquier discurso hasta qué punto cierta política puede terminar encerrada en su propia lógica administrativa, perdiendo completamente de vista a quiénes afecta cada decisión. Pero, claro, después vendrán los posteos institucionales hablando de cercanía, sensibilidad y presencia del Estado. Si algo nunca falta, incluso cuando falta lo importante, es la puesta en escena.


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Copy, paste y oportunismo

Otro de los puntos llamativos de la última sesión llegó bajo la figura de un “pedido de particulares”, categoría que suele funcionar como puerta de entrada para iniciativas tan variadas como extravagantes. En este caso, el proyecto llevaba el pomposo nombre de “Pringles Alquila” y proponía una especie de sistema de intervención municipal sobre viviendas deshabitadas, mezclando controles difusos, supuestos beneficios para propietarios e inquilinos y una lógica de “celaduría inmobiliaria” difícil de explicar sin que aparezcan más dudas que certezas.

No vale demasiado la pena detenerse en el contenido. El expediente fue girado a comisión y probablemente termine descansando en algún archivo junto a tantos otros proyectos destinados más a existir unos días que a convertirse en realidad. Lo verdaderamente interesante, otra vez, no es qué se presentó.

Sino quién y para qué.

“Pringles Alquila” no apareció de forma aislada. Se suma a otras iniciativas recientes sobre salud mental y futuros proyectos vinculados a turnos hospitalarios, y hasta "te consigo una fuente de trabajo", todos atravesados por una característica común: redacciones excesivamente prolijas, diagnósticos genéricos, soluciones grandilocuentes y un inconfundible aroma a “copy y paste”, donde la Inteligencia Artificial parece haber trabajado bastante más que la militancia territorial.

El impulsor de estas propuestas asegura representar a un grupo de vecinos y formar parte de un desconocido “Frente Renovador Peronista”, espacio cuya existencia pública resultó prácticamente desconocida hasta hace apenas unos días y del que nadie parece poder identificar demasiados referentes reales.

Pero además hay otro detalle imposible de separar del contexto: el protagonista de esta súbita hiperactividad política fue apartado públicamente tiempo atrás del espacio del Frente Renovador por parte de sus propios referentes locales. Las razones nunca terminaron de explicarse del todo, aunque algunos comportamientos posteriores ayudan bastante a completar el rompecabezas.
Más que la construcción seria de una alternativa política, lo que empieza a verse es otra cosa: el intento de un outsider tardío —o quizá un regresado del destierro político— por instalarse rápidamente en el radar de un peronismo que tarde o temprano deberá empezar a discutir armado de listas, candidaturas y lugares expectantes.

Y ahí es donde los proyectos parecen funcionar menos como herramientas legislativas que como accesorios de posicionamiento personal. Una especie de campaña low cost armada entre IA, copiar y pegar y publicaciones en redes.

El problema es que la política tiene memoria. Y a veces también prontuario social.

Porque mientras se intenta construir una imagen de dirigente preocupado por la vivienda, la salud mental o el acceso al sistema sanitario, siguen flotando alrededor del protagonista distintos episodios y versiones vinculadas a situaciones de violencia de género que, cuanto menos, vuelven bastante incómodo el proceso de “lavado de imagen” en marcha.

Quizás ahí aparezca una discusión más profunda que la del proyecto mismo.No sobre alquileres. Ni sobre ordenanzas.

Sino sobre los límites.

La vieja idea de que en política siempre hay lugar para todos empieza a parecerse demasiado a la resignación de aceptar cualquier cosa.


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El aplauso del cartel

Uno de los momentos más reveladores de la sesión llegó durante el tratamiento del proyecto vinculado al barrio de 36 viviendas destinado a trabajadores municipales. El oficialismo impulsó que el futuro complejo lleve el nombre de “Fesimubo”, como reconocimiento al rol del gremio en las gestiones para su concreción. Hasta ahí, una discusión simbólica.

Pero del otro lado apareció una propuesta bastante menos decorativa: que el Sindicato tuviera mayor participación real en el proceso de adjudicación de las viviendas, evitando que todo quedara bajo control exclusivo del Ejecutivo Municipal.

En términos simples, una postura proponía un nombre.
La otra, mayor poder de decisión.

Y sin embargo, el festejo llegó por el cartel.

Desde el inicio de la sesión, un nutrido grupo identificado con Fesimubo siguió el debate desde la barra, acompañado por el Secretario General y buena parte del cuerpo de delegados. Consumada la aprobación oficialista —gracias, una vez más, a la comodidad de la mayoría automática—, llegó la escena más llamativa de la noche: aplausos cerrados desde el sector sindical, devueltos entre sonrisas por la bancada oficialista, antes de una rápida retirada del recinto.

Por un momento, pareció que no se había comprendido demasiado bien qué se estaba votando.

Porque mientras una propuesta buscaba ampliar la participación gremial concreta, la otra apenas ofrecía un reconocimiento nominal. Un gesto. Un símbolo. Un cartel en la entrada del barrio.

La duda duró poco.

Minutos después, las redes sociales de Fesimubo publicaron un extenso agradecimiento al Ejecutivo y a los concejales por la imposición del nombre, en un texto que parecía redactado bastante antes de conocerse el resultado de la votación.

Y entonces todo terminó de acomodarse.

Después de cerrar una paritaria que volvió a dejar a gran parte de los trabajadores municipales corriendo varios metros detrás del costo de vida, el gran reconocimiento obtenido fue, finalmente, nominal.

No más participación.
No más control.
No más poder de decisión.

Un cartel.

Y quizás ahí esté una de las postales más precisas del presente local: trabajadores que siguen perdiendo poder adquisitivo, mientras la dirigencia sindical celebra que, al menos, el barrio llevará su nombre.


El consenso de la escenografía.

Y así, entre operaciones silenciosas, funcionarios que entran y salen por la puerta de atrás, recorridas cuidadosamente filmadas, proyectos improvisados, internas apenas disimuladas y aplausos sincronizados desde la barra, la política local sigue construyendo su propia ficción de normalidad.

Todo parece funcionar.

Las fotos salen bien.
Los comunicados son prolijos.
Las sonrisas abundan.
Los medios amigos replican.
Las redes oficiales editan.
Y los discursos hablan, una y otra vez, de transparencia, gestión, cercanía y compromiso.

Pero detrás de esa puesta en escena, empiezan a asomar algunas grietas.
Mientras se discute cómo posicionarse para la sucesión, hay trabajadores municipales que siguen cobrando salarios que apenas alcanzan para sobrevivir. Mientras se celebra con aplausos la colocación simbólica de un nombre en un barrio, se evita discutir quién tendrá verdaderamente poder de decisión sobre las viviendas. Mientras nuevos paracaidistas descubren la política mediante el “copy y paste”, también reaparecen intentando reciclarse detrás de supuestos espacios nuevos, cargando viejos antecedentes demasiado pesados para quedar sepultados bajo un par de proyectos marketineros.

Y mientras todo eso ocurre, el vecino común sigue mirando desde afuera una política cada vez más encerrada en sí misma.

Una política que parece hablarse entre dirigentes, sacarse fotos entre dirigentes y aplaudirse entre dirigentes.

Tal vez por eso ya casi nada sorprende.

Ni los funcionarios eternos reciclándose de oficina en oficina.
Ni las internas disfrazadas de gestión.
Ni los sindicatos festejando carteles mientras sus afiliados siguen perdiendo contra la inflación.
Ni los proyectos grandilocuentes destinados a dormir en una comisión.
Ni los silencios oficiales frente a temas demasiado incómodos.

Al final, el verdadero consenso de la política local parece no construirse alrededor de las soluciones.

Se construye alrededor de la puesta en escena.

Y ahí sí, hay que reconocerlo: La coordinación funciona perfectamente.

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